Jamás
se había visto una masacre como aquella. Los prados, antes verdes y luminosos,
se habían teñido de rojo y vuelto sombríos. Los cielos lloraban una lluvia
punzante como minúsculos fragmentos de cristal, la cual mezclaba la sangre y la
tierra. El viento levantaba nubes de polvo y piel muerta. Ya solo quedaban
armaduras y huesos.
Allí,
entre la desolación y los cadáveres, se alzaba un hombre encapotado que portaba
una pala con orgullo. Siempre preparado para terminar su misión.
Cavar,
la extraña figura no hacía más que cavar. Y, cuando consideraba que el hoyo era
lo suficientemente grande, arrojaba en su interior los cuerpos sin vida de los
guerreros fallecidos, para acabar tapándolo todo con un manto de tierra y
olvido.
Ese
era su cometido. Y, una vez terminado, todo volvía a empezar. Se marchaba del
lugar donde estuviese, buscando nuevas guerras que empezar, nuevas vidas que
quitar, nuevas almas que apresar, nuevos cuerpos que enterrar bajo las tierras
del olvido.

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