Era
un día gris y lluvioso. Las nubes ocultaban el sol y tapaban toda la ciudad, o
al menos la parte que yo podía ver desde la ventana en la que me apoyaba.
Sostenía un libro entre mis manos y, totalmente relajado por el suave
repiqueteo del agua contra el cristal, me hallaba inmerso en un mundo de
fantasía.
Realmente
me sentía allí, como si lo estuviese viviendo en vez de leyendo. Podía ver lo
que sucedía. A mi llegaban todo tipo de olores y esencias. Escuchaba desde la
brisa del viento en aquel bosque interminable hasta el choque de los aceros en
la más cruenta batalla. Podía verlo todo con total nitidez. Era capaz de sentir
lo que mis personajes favoritos sentían. Ya no existía en mi mundo, solo era
alguien que vagaba entre caballeros y dragones, entre hadas y demonios.
Pero
lo todo lo idílico tiende a torcerse, y aquella sensación no fue la excepción.
La
lluvia cesó y, como cualquier otro sábado, mis amigos vinieron a buscarme
arruinando aquel pequeño paraíso. Yo, lejos de enfadarme, corrí a divertirme con
ellos. Sabía que por la noche volvería a la calidez de aquella posada donde los
protagonistas de mí historia descansaban, al lugar donde me aguardaban para
volver a la aventura.
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