Había
vuelto a ver ese cielo que ataño había surcado y con el que tantas noches había
soñado…
Un
cuervo graznó en lo más profundo del bosque, allí donde las sombras de los
árboles se mezclaban con la propia oscuridad, la cual escrutaba con sus ojos
rojos buscando señales de cambios en la espesura.
Aún
recordaba la sensación de libertad al volar, pero era algo que llevaba tiempo
sin disfrutar.
Hacía
mucho tiempo había surcado los cielos y navegado sobre los vientos de aquel
lugar. Pero un día todo cambió bruscamente. El viento tomó una dirección
contraria a la que llevaba, un extraño y hermoso canto envolvió aquel lugar,
obligando a los árboles a moverse para atrapar a aquel pájaro de color
azabache, sepultándolo bajo una cúpula arbórea para el resto de sus días.
Muchos
hombres entraron en lo que el cuervo consideraba su tumba. Ninguno lograba
salir.
Pasó
mucho tiempo antes de que aquel astuto animal viera su oportunidad de escapar.
El
aire le había dicho que entraría un grupo lo suficientemente numeroso como para
que la puerta se abriera el tiempo necesario para que escapara.
Subió
al punto más alto para lanzarse en picado en cuanto las ramas se separaran, y
esperó pacientemente.
Pasaron
muchas horas, o eso le pareció, y la gente que haría para él de pasaporte a la
libertad no aparecía. Pero, en la duración de un parpadeo, todo cambió, una luz
nació entre las sombras.
El
cuervo, sin pensárselo dos veces, saltó, replegó su cuerpo, y se dirigió hacia
allí.
Cuando
empezó a salir y a vislumbrar aquel cielo que anhelaba gritó con alegría, mas
esa sensación no duró demasiado.
Las
ramas se cernieron sobre su diminuto cuerpo con una velocidad estrepitosa,
atrapándole con su letal abrazo.
Sin
embargo el animal no se rindió, aleteó con todas sus fuerzas, picó la maleza
para lograr ver el firmamento. Y lo consiguió justo antes de su último aliento,
perdiendo así la vida de forma feliz. Había vuelto a ver ese cielo que ataño
había surcado y con el que tantas noches había soñado… Por eso graznó en lo más
profundo del bosque, allí donde las sombras de los árboles se mezclaban con la
propia oscuridad atenuada ahora por la luz de la cúpula celeste.
