La
luna asomaba por encima de las nubes, por encima de las montañas, sobre ríos y
mares, dominándolo todo. Había sido así durante milenios, y seguiría siéndolo.
Mas en aquella ocasión algo era diferente.
No
se escuchaba ruido alguno, ni siquiera el aullar de un lobo, tampoco el canto
de ningún ave. Algo había cambiado. Se podía oler en el aire, sentir en la
tierra. Ni las aguas se atrevían a agitarse.
Aquella
era la forma del mundo en la que se recordaba a una raza extinguida.
En
algún lugar, bajo aquella misma luna, el último acaba de morir a manos de
alguien sin respeto por la vida. Una persona a quien la naturaleza castigaría más
adelante. Pero ese día no. Era una noche de luto por la desaparición de la raza
más mortífera, letal, siniestra y bella que jamás se había creado.
Los
hombres lobo jamás volverían y la luna recordaba amargamente su canto, aquel
rezo que nunca volvería a ser escuchado.
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