Era una tarde nublada de octubre, el sol buscaba un resquicio entre el techo de nubes, y, de vez en cuando, lo conseguía. Me disponía a salir de mi casa para contemplar el continuo ir y venir de la gente, aún sabiendo lo que encontraría. Hacía algunos años que mi extraño don había surgido, y todavía me perseguía. No sabía cómo, ni por qué, pero podía ver el futuro de la gente. Con el tiempo había aprendido a controlarlo, pero mi dominio no era perfecto, y por eso vislumbraba cosas que no quería ver, horribles, la mayoría de las veces.
La calle estaba abarrotada de gente, por lo que decidí subir a mi lugar secreto, la azotea de la biblioteca de libros olvidados. Poca gente conocía ese lugar, y menos aún conocía el camino a lo más alto. Era un sitio con una buena vista de la playa. Y, aunque en esa época no había nadie en ese lugar, sí que la había en el puerto.
Un continuo va y ven de gente sucedía junto a los barcos anclados a la fría roca de los muelles. Algunos caminaban distraídos entre el gentío, otros miraban con entusiasmo los barcos. Los más jóvenes parecían aburridos mientras que los niños correteaban por todos lados asombrándose con cada cosa nueva que descubrían.
Yo lo observaba todo desde aquel refugio, y parecía un día como cualquier otro. Pero tenía la extraña sensación de que aquel día pasaría algo fuera del normal. No podría decir con exactitud el qué, podía ver el destino del resto, pero no el mío.
Decidí bajar a la calle. Cogí mis cascos y me adentré en aquella selva de cemento, piedra, hormigón, ladrillos y metal de la ciudad, acompañado únicamente por la música y por mis pensamientos. Anduve un buen rato sin rumbo fijo, aún faltaban un par de horas para que la noche cayera sobre Barcelona, y pretendía aprovechar ese tiempo para despejarme. Sabía que no era lo mejor que podía hacer, pues siempre vería el futuro de alguien sin que esa persona lo supiera, mas por una vez no me importó, sabía que debía aprender a convivir con ello.
Sin embargo, aquel día mi intuición me fallo. Inconscientemente me dirigí al único lugar donde no podría controlar mi maldición. Y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde, estaba en mitad del puerto, rodeado de gente. Mi sexto sentido se disparó al instante y un monton de imagenes de personas que no conocía se abrió paso en mi mente, mostrándome sus vidas, sus alegrías, sus penurias, sus muertes. Intenté marcharme de aquel lugar, pero ya era tarde. Empezó como una ligera sacudida y acabe en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, llorando como el niño que perdía a su madre, como la mujer que perdía a su marido en la guerra. Lloré como si todas y cada una de las cosas malas del resto del mundo me fueran a suceder a mí.
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