La sangre se agrupaba en charcos a lo largo
del campo de batalla. Esta había terminado hace ya horas, pero tal fue la
masacre que los cadáveres aún no habían sido saqueados.
Las batallas siempre tienen un ganador, pero
cualquiera que viera la escena sabría que ambos bandos habían perdido
demasiado. Diez orcos muertos se contaban por cada elfo. Y otra decena de estos
por cuerpo humano.
Los estandartes aún se alzaban en el lugar
donde había tenido lugar la reyerta, pero nadie los portaba, tan solo estaban
allí, abandonados. Pues ya nadie quedaba vivo, el aliento de la muerte no dejó nada con vida.
La
noche llegó, pero ni la oscuridad se acercaba a ese lugar. Y fue entonces, con la caída del último rayo de luz,
cuando tuvo lugar el más maravilloso de los espectáculos. La luz de las
estrellas despertó un vago recuerdo en la mente de los muertos. Los espíritus
abandonaban los cuerpos, anhelando alcanzar aquel majestuoso cuadro que era el
cielo nocturno. Pero al verse los unos a los otros la batalla volvió a
comenzar. Las espadas incorpóreas se clavaban en cuerpos de aire, formando una
siniestra danza sin final.
La
muerte, frustrada, abandonó ese lugar. Pues sabía que en una batalla de muertos
ella no tenía cabida, ya que los espíritus no podían matarse. Y así se
formo la batalla eterna, un batallar sin victorias que hoy día no se recuerda ni en las leyendas.

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