15 jul 2012

El final

El sueño se está apoderando de mi cuerpo; el sueño y el hambre para ser exactos. No sé cómo continuo andando, tal vez la desesperación me esté dando fuerzas, o tal vez sea el miedo el que cause este efecto. Solo tengo una cosa en claro, como no encuentre un lugar seguro para dormir, esas extrañas criaturas de anoche se me echarán encima, y será la primera vez que no las lograré esquivar, pues lo había conseguido gracias a estar bien refugiado. Ya hace tres meses del Apocalipsis y soy el último superviviente de Nueva York; tal vez por eso me escapé de aquella casa, que parecía segura cuando escuche aquel gruñido, y se me echó aquel ``lo que fuera´´ encima.
Qué fácil sería dejarme matar ahora mismo, o tal vez me tire por una de las grietas que parecen llegar al fin del mundo. Pero, a pesar de todo, mi fuerza de voluntad se impone a mis deseos. En mi interior sé que debe de haber un lugar seguro por aquí cerca, y me dispongo a encontrarlo aunque suponga mi muerte.
Veo el sol cayendo por el horizonte y me doy cuenta de que se me acaba el tiempo. Saco la pistola de mi mochila y observo que solo me quedan cinco disparos.
En ese momento lo veo: hay una tienda cerrada herméticamente al otro lado de la calle. Porque estoy seguro que es mi salvación, me dirijo a la tienda y le disparo a la cerradura para poder entrar. Pero erro el tiro, se ve que el cansancio me hace perder de la atención. Vuelvo a disparar y esta vez acierto, pero solo me quedan tres balas; tres tiros que no debo malgastar.
Entro en la tienda y me veo en un pequeño almacén de alimentos y muebles. Cierro la puerta y la atranco con una estantería. Saco la linterna y me pongo a buscar los plomos de la luz, que encuentro al otro lado de un mostrador.
Pero antes de encenderlo escucho un ruido detrás de mí y me doy la vuelta, asustado. Veo una extraña figura que al enfocarla con la linterna se presenta como una persona normal… pero no era normal, estaba en un avanzado estado de descomposición y en algunos puntos se entreveían huesos amarillentos. Instintivamente alzo la pistola y abro fuego.
PUUM. Dos tiros.
Fallo, la criatura se aparta y me muerde, y un extraño dolor se apodera de mi cuerpo. Me quito de encima aquel ser, de una sacudida, y vuelvo a disparar. Esta vez le acierto y le mato, pero solo me queda un disparo.
El dolor me empieza a convulsionar el cuerpo, y veo pedazos de mi carne en el suelo. Esa visión me abre el apetito, un apetito asqueroso y sangriento.
De repente escucho las últimas palabras de una voz que conozco muy bien, la voz que me dio la vida.
—Eres afortunado… —me dice la voz de mi madre, cariñosa.
—¿Por qué? —pregunto yo, furioso porque me abandonó cuando apenas era un niño y solo aparece cuando estoy al borde de la desesperación por el dolor.
—Porque afortunado es el que no sabe qué es capaz de hacer por hambre.
Yo no comprendo sus palabras, es más, me dejan confuso, ya que no recuerdo que esas palabras se hayan pronunciado.
Salto hacia el lugar de donde proviene la voz, pero no me responde el cuerpo. Me encuentro comiendo mi propia carne, y me dan arcadas.
Mi cuerpo se acciona y se levanta, ansioso de carne, pero no de la carne que me rodea, sino de carne humana. Atravieso la ventana y espero a que llegue el dolor, pero el dolor que ya sufro es inmensamente superior.
Empiezo a debatirme por el dominio de mi cuerpo, pero la fuerza, por llamarlo de algún modo, que me ha poseído es superior a mí en todos los sentidos. Mi cuerpo avanza hacia una enorme grieta del suelo, pero mi mente está muy lejos, o muy cerca…
Dos horas de sufrimiento, dos malditas horas tardo en dominar mi cuerpo, y empiezo a caminar. A caminar hacia la tienda de la que he salido. Cada paso es un infierno, cada segundo es morir una vez más. Pero llego a mi destino, a tan solo una brazada esta mi salvación. Cojo la pistola y sonrío, con una sonrisa triste y amarga. Me meto la pistola en la boca y me disparo. El último pensamiento que tengo es: el fin, mi fin, el fin del mundo.

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