12 feb 2013

Jinetes del viento - parte 9

—Aquí no somos hermanos, Rasaal-gu—dijo con una voz tenebrosa—. Somos enemigos.
Su voz tenía un tono frío y amenazante, igual que las escasas veces que entraba en su cuarto.
Él alzó las manos al cielo, y de estas surgió un poderoso torrente de llamas. Instintivamente levante los brazos para protegerme, y una corriente de aire hizo desaparecer el fuego.
   —Veo que sabes Controlar—me dijo con un tono indiferente—, pero es obvio que no sabes Montar aún. Y si sabes, ¡sígueme!
Tras esto, apareció bajo sus pies una nube de fuego y esta se elevó, portándole y haciéndole volar.
Yo desee con todas mis fuerzas poder volar. Y pasó lo que ya había pasado anteriormente, un tornado me envolvió y me elevó por los aires.
   —Parece que si sabes Montar—me dijo, sorprendido—, a pesar de no haber tenido tiempo para aprender. Pero no importa, tarde o temprano podré derrotarte.  
   >>Por cierto—dice cuando está a punto de irse volando—, saludos de mamá y papá desde la cueva de las ánimas.
Estas palabras me enfurecen y hacen que algo extraño nazca en mi interior. Un sentimiento, mezcla de furia y de sed de venganza, aparece en mi interior. Es un sentimiento que no suele darse, pero para mí no es desconocido.
Salí levitando a toda velocidad contra él, pero algo logra detenerme.
   —No—me dice Ruxio firmemente—, es lo que él quiere, no le sigas.
Pero yo no frené en mi intento de ir a matarle. Hizo falta que ambos intentaran contenerme, y aún así a duras penas lo lograron.
   — ¡Para!—me ordena Ilika—. No te das cuenta que en este estado él tiene todas las de ganar.
No sé por qué, pero esas palabras me hicieron calmarme repentinamente. Y a pesar de estar calmado había varias cosas que no comprendía. ¿Por qué de repente pude Controlar y Montar? ¿Cómo sabía él lo de mis padres humanos?
Pero por otra parte me alegré, pues si el enfrentamiento se hubiese alargado yo no habría resistido. Apenas me quedaban fuerzas tras Montar una vez, como para repetirlo.
Bajé a tierra y el tornado se calmó, pero me dejó inconsciente.

Desperté en una sala totalmente oscura. Cuando mis ojos se adaptaron vislumbré unas sillas de piedra talladas directamente sobre la pared. No había ninguna fuente de luz, ni si quiera un tragaluz. El techo estaba sujeto por unas columnas llenas de surcos y letras por todas partes.
   —Ya te has despertado—dice una voz femenina a mis espaldas.
Proviene de una mujer vestida con una extraña túnica que se encontraba sentada en una de las sillas talladas en la roca. Su iris era amarillo y brillaba con un místico fulgor dorado, su pelo castaño la caía hasta los pies.
   — ¿Quién eres?—pregunté confundido—. ¿Y dónde estoy?
   —De una en una, Rasaal-gu—me contestó ella con tono paciente—.Soy tu madre, la autentica. Llevamos años separados, una pena que yo ahora no pueda salir de este lugar.
   —Madre…—mi voz salió quebrada por las lágrimas, ahora que conocía a mi madre estaba rebosante de felicidad— ¿Por qué no puedes salir?
   —Porque tu hermano de la Tierra me encerró—me contestó ella nostálgica—, y solo si uno de vosotros dos muere podré salir de aquí. Pero eso me da igual ahora que estamos de nuevo juntos. Abrázame, hijo mío.
Tras esto, la sentí morir entre mis brazos. Sin comprender que acababa de pasar me di cuenta que no estaba en la misma sala.
Acaba de despertar realmente, y una voz, probablemente la de Ruxio, dijo:
   —Menos mal que has despertado, llevabas varias horas inconsciente.

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