24 ago 2012

Posible prólogo


En un pueblo de pescadores cercano al Abismo se estaba realizando la actividad más entretenida que podía tener lugar en Amre, un juicio público. El acusado aparentaba unos veinte años por su cuerpo, pero su pelo blanquecino le hacía parecer mucho más anciano.
El joven alzó la mirada al cielo que se mostraba amenazante, sombrío. Escuchaba las acusaciones que se lanzaban contra él sin mostrarlas demasiada atención, tan solo negando de manera indiferente. Su mente estaba evocando el momento en el que le atraparon tras robar aquellas hortalizas. Era un sitio totalmente seguro para conseguir comida fácil, parecía imposible que le encontraran en un lugar tan poco visitado del pueblo.
Pero le encontraron, no sabía cómo pero lo hicieron, y todas sus esperanzas se desvanecieron.  Por eso estaba soportando aquel mero trámite para su decapitación.
Cuando el alcalde, que hacía las veces de juez, le dio la palabra al acusado para defenderse este solo dijo, con un acento marcado.
 -Yo también tengo que comer.
Cuando el juez estaba hablando para indicar la sentencia el rugir de un trueno le acalló.
De repente el cielo se volvió rojizo, los rayos caían a discreción, pero no salían de las nubes, si no del mismo cielo.
Los ciudadanos trataban de esquivarlos, corriendo en todas direcciones y olvidándose del acusado, el cual se estaba intentando liberar de las cuerdas que tenía en torno a las muñecas.
Una niña que no alcanzaría los siete años fue corriendo hacia él con un cuchillo en la mano. Esta cortó las cuerdas y dejo al chico en libertad.
 -Gracias-dijo el joven.
Pero la niña ya no estaba allí, si no huyendo de la ciudad en dirección contraria al Abismo.
 Al cabo de unos minutos, cuando la mitad del campo estaba ardiendo, empezó el murmullo del agua, que no venía desde arriba, si no de las profundidades del Abismo.  La tierra tembló y se abrió en dos, permitiendo un incesante paso de agua tierra adentro. Rápidamente el poblado quedó dividido en dos mitades de tamaño reducido a más no poder. Toda la población se encontraba en el lado equivocado, el lado sur, que daba al océano y les encerraba entre dos corrientes de agua que amenazaban con sepultarlos bajo su peso. Pero el muchacho que había sido acusado se encontraba en el norte, a tan solo unos pasos de la salvación.
 Mas no podía irse de ese lugar, allí nació, o eso le dijeron, y decidió que moriría en ese lugar. Pero su decisión duro bastante poco, pues el agua termino de hundir el poblado, y pese a querer morir junto a sus seres queridos una fuerza tiraba de él para salvarse, como si todavía le quedara una misión en la vida.
 Por eso se puso a andar sin un rumbo fijo, armado de esperanza, pero también de miedo, dudas, y odio. Ahora, en aquel preciso instante en el que no le quedaba nada, odiaba a aquellos dioses que habían decidido castigarle.

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