En un pueblo de pescadores cercano al Abismo se estaba
realizando la actividad más entretenida que podía tener lugar en Amre, un
juicio público. El acusado aparentaba unos veinte años por su cuerpo, pero su
pelo blanquecino le hacía parecer mucho más anciano.
El joven alzó la mirada al cielo que se mostraba
amenazante, sombrío. Escuchaba las acusaciones que se lanzaban contra él sin
mostrarlas demasiada atención, tan solo negando de manera indiferente. Su mente
estaba evocando el momento en el que le atraparon tras robar aquellas
hortalizas. Era un sitio totalmente seguro para conseguir comida fácil, parecía
imposible que le encontraran en un lugar tan poco visitado del pueblo.
Pero le encontraron, no sabía cómo pero lo hicieron, y
todas sus esperanzas se desvanecieron. Por eso estaba soportando aquel mero trámite
para su decapitación.
Cuando el alcalde, que hacía las veces de juez, le dio la
palabra al acusado para defenderse este solo dijo, con un acento marcado.
-Yo también tengo
que comer.
Cuando el juez estaba hablando para indicar la sentencia
el rugir de un trueno le acalló.
De repente el cielo se volvió rojizo, los rayos caían a
discreción, pero no salían de las nubes, si no del mismo cielo.
Los ciudadanos trataban de esquivarlos, corriendo en
todas direcciones y olvidándose del acusado, el cual se estaba intentando
liberar de las cuerdas que tenía en torno a las muñecas.
Una niña que no alcanzaría los siete años fue corriendo
hacia él con un cuchillo en la mano. Esta cortó las cuerdas y dejo al chico en
libertad.
-Gracias-dijo el
joven.
Pero la niña ya no estaba allí, si no huyendo de la
ciudad en dirección contraria al Abismo.
Al cabo de unos
minutos, cuando la mitad del campo estaba ardiendo, empezó el murmullo del
agua, que no venía desde arriba, si no de las profundidades del Abismo. La tierra tembló y se abrió en dos,
permitiendo un incesante paso de agua tierra adentro. Rápidamente el poblado
quedó dividido en dos mitades de tamaño reducido a más no poder. Toda la población
se encontraba en el lado equivocado, el lado sur, que daba al océano y les
encerraba entre dos corrientes de agua que amenazaban con sepultarlos bajo su
peso. Pero el muchacho que había sido acusado se encontraba en el norte, a tan
solo unos pasos de la salvación.
Mas no podía irse
de ese lugar, allí nació, o eso le dijeron, y decidió que moriría en ese lugar.
Pero su decisión duro bastante poco, pues el agua termino de hundir el poblado,
y pese a querer morir junto a sus seres queridos una fuerza tiraba de él para
salvarse, como si todavía le quedara una misión en la vida.
Por eso se puso a
andar sin un rumbo fijo, armado de esperanza, pero también de miedo, dudas, y
odio. Ahora, en aquel preciso instante en el que no le quedaba nada, odiaba a
aquellos dioses que habían decidido castigarle.
No hay comentarios:
Publicar un comentario